jueves, 6 de junio de 2013

Sonrisas.

Reí con sinceridad, no por compromiso como normalmente suelo hacer en este tipo de situaciones, al escuchar el chiste de la chica sentada enfrente a mí. Tomé distraída un sorbo de mi copa de agua, y procedí a pinchar con mi tenedor uno de los gnocchi de mi plato.
Me sentía muy culpable; Ya sabía más que de sobras que no me los iba a comer. Tras tres bocados en los que pondría cuidado de invertir una gran cantidad de tiempo, me excusaría diciendo que estaban demasiado salados, o demasiado sosos, me inventaría un dolor de muela, o simplemente me escandalizaría porque “saben horriblemente mal”.
Que no quiera comer mi comida, no significa que me parezca bien tirarla. Preferiría no haber pedido nada directamente pero, una vez llegamos al restaurante, no me quedó más remedio que fingir que era una chica normal sin ningún tipo de trastorno.
Pero de pronto, en medio del animado parloteo que se extendía a lo largo de nuestra mesa, un detalle llamó mi atención bajo el mantel: Me di cuenta de pronto de lo enormes que eran mis muslos, a pesar de llevar puestas unas medias negras, tupidas e insultantemente ceñidas que podrían considerarse una “faja para muslos” prácticamente. Y aun así, mis muslos eran inmensos.
Dirigí otro vistazo a mi plato de pasta, y decidí que ya lo había revuelto suficiente como para quejarme de “lo mal que sabía”
-¿No vas a comer nada más? – Preguntó la chica sentada a mi lado, con expresión escandalizada al verme apartar el plato con una mueca de asco.
-Nah, no te preocupes. No soy muy de italiano la verdad, y tengo un par de filetes descongelando en casa, así que me haré un bocadillo rápido cuándo vuelva a mi piso – Mentí descaradamente, sin perder mi brillante sonrisa.
Me gusta mi sonrisa.

Oculta todo aquello que no quiero que los demás sepan. 

domingo, 19 de mayo de 2013

Bonjour


Me presento:
Por razones obvias, no voy a dar mi nombre real, así que supongo que podéis llamarme Gabrielle.
Gabrielle podría ser considerada como mi alter ego. Ese susurro envenenado que se niega a abandonar mi mente y se dedica a emponzoñarla cada día un poco más. Es esa parte oscura de mí que, por norma general, intento mantener encerrada en lo más profundo de mi consciencia porque no quiero hacer sufrir a la gente que me rodea, ya que mi verdadero yo sigue luchando cada día por imponerse y demostrarme que realmente valgo la pena.
Pobre ilusa ¿Verdad?
Tras una infancia plagada de insultos disfrazados de “bromas inocentes”, numerosas noches en vela odiándome a mí misma, e interminables tardes llorando desconsolada, conocí a Ana.
Sí, tengo un trastorno alimenticio. Yo lo sufro, y Gabrielle lo disfruta con una gran sonrisa sardónica, recreándose en los sonidos que emite mi estómago vacío.
Suelen decirme que parezco una muñeca por mi aspecto físico: Tengo el pelo largo y negro, y un flequillo que enmarca mi cara pálida y se enreda en mis pestañas cuando utilizo rimmel.
Creo que en el fondo tienen razón, soy una muñeca.
Una muñeca rota.
No tengo muy claro si quién escribe esto soy yo, o si Gabrielle se las ha arreglado para tomar el control una vez más.
Sea como fuere, seguiré actualizando el blog. Para descubrirlo, para que me conozcáis, para compartir aquello que atribula mi mente de vez en cuando o quizás, simplemente, para intentar recuperar mi cordura volcando todos mis desvaríos en esta página.
Bisous.
Gabrielle.