jueves, 6 de junio de 2013

Sonrisas.

Reí con sinceridad, no por compromiso como normalmente suelo hacer en este tipo de situaciones, al escuchar el chiste de la chica sentada enfrente a mí. Tomé distraída un sorbo de mi copa de agua, y procedí a pinchar con mi tenedor uno de los gnocchi de mi plato.
Me sentía muy culpable; Ya sabía más que de sobras que no me los iba a comer. Tras tres bocados en los que pondría cuidado de invertir una gran cantidad de tiempo, me excusaría diciendo que estaban demasiado salados, o demasiado sosos, me inventaría un dolor de muela, o simplemente me escandalizaría porque “saben horriblemente mal”.
Que no quiera comer mi comida, no significa que me parezca bien tirarla. Preferiría no haber pedido nada directamente pero, una vez llegamos al restaurante, no me quedó más remedio que fingir que era una chica normal sin ningún tipo de trastorno.
Pero de pronto, en medio del animado parloteo que se extendía a lo largo de nuestra mesa, un detalle llamó mi atención bajo el mantel: Me di cuenta de pronto de lo enormes que eran mis muslos, a pesar de llevar puestas unas medias negras, tupidas e insultantemente ceñidas que podrían considerarse una “faja para muslos” prácticamente. Y aun así, mis muslos eran inmensos.
Dirigí otro vistazo a mi plato de pasta, y decidí que ya lo había revuelto suficiente como para quejarme de “lo mal que sabía”
-¿No vas a comer nada más? – Preguntó la chica sentada a mi lado, con expresión escandalizada al verme apartar el plato con una mueca de asco.
-Nah, no te preocupes. No soy muy de italiano la verdad, y tengo un par de filetes descongelando en casa, así que me haré un bocadillo rápido cuándo vuelva a mi piso – Mentí descaradamente, sin perder mi brillante sonrisa.
Me gusta mi sonrisa.

Oculta todo aquello que no quiero que los demás sepan.